"Me va a dejar, que yo le hago rico" dijo el hombre rechoncho en una comuna de Medellín, sin un peso en sus bolsillos. Es bajo, de pelo corto con alopecia y con una sonrisa que denotaba timidez y rechazo. Tiene un bigote que revela sus cincuenta y seis años, trabaja en un sauna donde suelen ir aquellos que no han hecho pública su condición homosexual y también otros que ya han salido del llamado clóset.
Todavía recuerda su primera experiencia sexual. Luego de haber tenido sexo en tres ocasiones con prostitutas en sus escasos diecisiete años, recuerda cómo después de la cuarta mujer, un travesti en realidad, fue inducido a un mundo para él nuevo y más atractivo. Discotecas donde el amor del mismo sexo es posible, salas de chat virtuales fáciles de contactar un encuentro casual, citas a ciegas con personas que si hubieran sido vistas en la calle no se sospecharía de su condición homosexual.
Todo esto lo hacía llegar a donde estaba, en una de esas comunas de Medellín donde la vida vale plata, y eso era lo que justamente no tenía en ese momento. Aquel muchacho al que se dirigía podía ser cualquiera, pero no lo era, vivía del sicariato y la prostitución, y la propuesta de aquel hombre, confundiéndolo con otra persona, le parecía repugnante.
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