Por: Daniel Felipe Builes Ospina
Todos los días Steven Úsuga se baja en la estación del metro homónima a este lugar, prende un cigarrillo y comienza a caminar ignorando el trayecto que debe continuar. Se olvida de todo, de aquel museo de antioquia donde el talento nacional es contempado, del palacio de la cultura donde hay una librería de la Universidad de Antioquia, de los alrededores llenos de hermosas obras del maestro antioqueño más popular de la historia. A Steven le toca olvidarse de esto por un momento, de estar atento a no ser abordado por alguno de los fleteros de la zona, de todos los rincones del centro como unas rémoras en busca de atracos.
Antes de Steven llegar al lugar donde labora, mira hacia atrás, como si se le hubiera olvidado algo u omitido algún detalle de ese trayecto invisible recorrido a las siete y media de la mañana de un lunes, desde la estación Parque Berrío del metro de Medellín, hasta la estación Prado de la misma entidad. Ya el cigarrillo en su mano se termino y se desecha, paralelamente como el histórico lugar donde se encuentra, archivado como uno de los sitios de mayor crecimiento cultural y económico de la ciudad y jocosamente como el lugar de una plaga que necesita una cuarentena inmediata.
Acciones atroces se
cometen una y otra vez en Parque Berrío. Robos, extorsiones, degradación de los
derechos humanos son solo un vídeo pregrabado exhibido una y otra vez en un
barrio olvidado, no muy diferente a como fue Five points en Manhattan, donde no
importaba la integridad de las personas, ni siquiera a quienes dicen
protegernos, es una epidemia de indiferencia propagada por la misma rama
judicial. Parece ser, como de costumbre, que el colombiano se permite
mantenerse en lugares donde la humanidad valga menos que el contenido del
bolsillo, donde se es feliz mientras más ignorancia haya y se imposibilite
salir de un mundo de horrores, porque de horrores ya nos tienen acostumbrados.
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