Por: Daniel Felipe Builes Ospina
En Andes, Antioquia, tierra
de espiritismo y de gente pujante y montañera, vivo yo, bruja sin malicia ni maldiciones.
Es uno de los pueblos de Antioquia, lugar de ocultismo y maldecido por las
brujas, en donde viven las tradiciones antiguas y ritos que muchos no
entienden, y donde se desenvuelve mi profesión junto con la del cultivador del
café, un contraste muy bien visto que caracteriza este lugar.
De las brujas y los
duendes se puede decir que todos en el pueblo creen y temen, porque hay un
sinnúmero de cómplices de las fechorías del orejudo duende y al menos en cada
familia hay un testimonio de alguien al que hizo perder alguna vez en el campo,
el que se tomó hace muchos años sin permiso alguno y del que sale solo de vez
en cuando si se le viene en gana, así como cuenta Don Pacho, a quien el duende embolató
a más de 200 metros del camino de vuelta el día que se fue con un compañero a
buscar plátanos maduros y verdes para sembrar.
En mi lance, por otro
lado, cada vez fui cogiendo mayor renombre gracias a un acontecimiento
particular. Todavía me acuerdo cuando Don Sergio vino y me hizo leerle su
tabaco, la cara que puso al ver que su cigarro oscurecía como el carbón, y el
miedo que intuyó al oírme recitar las palabras de antesala al rito. Cuando el
tabaco se oscurece consecutivamente al encenderse son las envidias de la gente,
cuando el tabaco se agrieta y deforma son las traiciones que la gente ha pensado,
piensa o querrán hacer, y cuando el tabaco deja aparecer pequeños pedazos de
rastrojo son los amores ingratos o no que profesan hacia uno, en el caso de Don
Sergio se le manifestaron los tres. Ese sujeto se veía muy asustado, no creía
mis palabras y el escepticismo lo dejaba reflejar en su rostro, pero dio el
suceso de su muerte en aquel entonces, a manos del amante de su mujer, quien
por celos y egoísmo acabo con la vida de tan amable señor, y desde entonces más
de uno y hasta yo pensamos que la lectura del tabaco iba más allá de un simple
pasatiempo.
Hasta incluso me teme
la gente y piensan que quiero hacerles un mal o soy un ser maligno por el hecho
de hacer lo que hago, pero mi profesión es una conexión con un mundo que
trasciende la carne, y mi rol es solo un conducto entre dos mundos para que las
personas que no tienen la capacidad, entiendan más sobre lo que sucede en el
otro. Yo por mi lado, llevo 36 años haciendo lo que hago con orgullo, y lo
seguiré haciendo desde que exista gente interesada en mi quehacer, osea, desde
que siga existiendo el pueblo de Andes, Antioquia.
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