Por: Daniel Felipe Builes Ospina
¿Quién iba a pensar que ese costeño moreno, larguirucho y de mirada vacía iba alguna vez a proclamarse campeón mundial en el boxeo?, tal vez todo el mundo que lo vio boxear contra el panameño Peppermint Frazer en el ’72, o tal vez nadie. Y es que las diversas teorías surgían de su condición humilde en un país como Colombia, que antes de él no había tenido reconocimiento alguno en el deporte, arte vista con pocos ojos de esperanza.
Cuando era joven, Antonio Cervantes, antes de recibir su legendario apodo, vendía cigarrillos contrabandeados y enceraba zapatos en los parques de su natal San Basilio de Palenque, y cuando empezó en el deporte del combate, era poco lo que ganaba con un estilo inocuo y frágil, aunque nunca se dudaron de sus ganas, pero estas no le bastaban para tener el reconocimiento que iba a tener años más tarde. Poco a poco, y a medida que fue escalando en el boxeo, mayor reconocimiento se le iba teniendo con el transcurrir de los combates, y cuando llegó su momento a principios de los años ‘80s, comienzan las contradicciones en su vida.
Antonio y Kid son dos personas distintas, uno de los dos es el lado humano de la bestia. Cuando el primero ganaba con imponentes jabs y uppercuts, el segundo jactaba licor y drogas cual el cuerpo le permitía, cuando el uno no cesaba de entrenar y sudaba cada gota del esfuerzo que le exigía ser campeón mundial, el segundo se le encontraba en riñas callejeras después de salir de un prostíbulo. Son los contrastes del campeón, de la imponente bestia morena de la costa colombiana.
Me atrevería a decir que la bestia es Kid Pambelé, más no Antonio Cervantes. Quienes lo conocen recuerdan a la persona humilde, alegre y perfeccionista, aunque por otro lado, Kid Pambelé se mantiene como ese ente en la cabeza de Antonio, que alguna vez fue campeón y no puede dejar atrás. Habría muchos rastros de la triste condición actual del campeón que suponen una debilidad colectiva por la fama y su falta de manejo, y por el afán de los colombianos de encontrar reconocimiento para justificar una vida banal donde los frenos se dejan en la casa.
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